Los flamencos rosas son un icono, pero ¿a qué se debe exactamente? En 1972 el extravagante John Waters decidió estrenar la que sería su obra magna Pink Flamingos y puede que gracias a ello, sean en la actualidad todo un símbolo kitsch. Pese a que en los créditos iniciales comiencen con una banda sonora rockabilly y una imagen sencilla del jardín de una caravana; el resto de la película no puede ser más contrario a estas primeras imágenes. El enorme y rosa automóvil es el hogar de Divine, una travesti que vive bajo el pseudónimo de Babs Johnson, cuyo trabajo consiste en asesinar y otros diversos y cuestionables quehaceres. Pero Divine no está sola, sino que comparte el habitáculo con su particular familia: una madre con obesidad que no sale de su cuna, un hijo con una filia relacionada con los pollos de corral y una amiga que se excita al ver a este último en pleno acto.

Debido a esta retahíla de rasgos reprobables, la matriarca de la familia es nombrada por el periódico local la mujer más inmunda del lugar, lo cual es todo un logro y un honor para ella. Sin embargo, el matrimonio Marble no lo puede soportar, ya que ellos también quieren que se les otorgue ese título, pues no se quedan cortos con respecto a lo que inmundicia se refiere. La pareja, compuesta por un hombre con el pelo azul y una mujer con el pelo rojo, se dedica a raptar a chicas jóvenes para que su mayordomo las deje embarazadas mediante las técnicas más repulsivas; a fin de entregar a las criaturas a parejas lesbianas. Con esto claro solo queda ver cómo ambos clanes dedican su tiempo a provocarse y fastidiarse mutuamente, hasta que Divine coge una pistola, convoca una rueda de prensa y mata a sus enemigos ante las cámaras.

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Divine recibiendo uno de sus regalos de cumpleaños

Esta trama encierra las escenas más incómodas, desagradables y nauseabundas que se hayan visto en la historia del cine. Lo cual no quita que sea una obra maestra del género Trash y deba ser vista al menos una vez en la vida (si tienes cuerpo para ello pues ya la ves más veces). Con esta propuesta incapaz de dejar indiferente a nadie, John Waters presentó un universo independiente al que se estaba viviendo en el inicio de la década de los 70 en Estados Unidos. Los hippies y el “verano de amor” no tienen prácticamente cabida en este Baltimore hortera y desfasado. Digo prácticamente debido a que sí hay alguna referencia a este fenómeno, pero centrándose siempre en lo macabro, con sutiles referencias a  Charles Manson y a su sanguinaria familia.

Pocos momentos hay en el largometraje donde no quieras retirar la vista, pero de manera inexplicable eso lo hace atrayente, adictivo y desternillante. Según John Waters hay que tener muy buen gusto para entender el mal gusto, así que haced la prueba y ved qué clase de gusto tenéis.

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